
Voy rumbo a sentarme en ese banco que desde hace un tiempo es la compañía de todas mis mañanas y de mis tardes. Agarrado de un viejo pedazo de madera que llaman bastón, soportando el peso de mis años, de mi vida, de lo que queda de mí. Paso los días viendo pasar todo a mí alrededor, paso esperando que llegue el momento, momento de mi viaje final. Tengo dentro de mi lo que quiero llevar y aun así, día a día se me van perdiendo de a poco. Algunos dicen que ya no los conozco, mis nietos dicen riendo que estoy viejito, yo les río y les festejo sin ya saber sus nombres. Mis hijos cada cual con su vida, sus familias, sus trabajos, sus preocupaciones. Vienen ha visitarme, me miran casi como que ya no estuviera, con ojos llorosos, sin saber que los conozco, que me muestran mas miedo de mi partida del que yo tengo. Me siento, dejo el bastón a mi lado, estiro mis piernas, prendo la vieja radio que me regalaron mis hijos hace mucho tiempo, una emisora que con sus canciones me hace compañía. Como le gustaba escuchar de esta radio a mi compañera, mi patrona. La que me dio esos hijos que una vez corrieron como corren sus pichones delante de mi ahora. Ella, partió en su viaje hace ya unos años; su corazón tan inmenso y tan frágil, lleno de mucho amor para todos, dejo de latir en medio de una noche de otoño. Se que me esperara donde este. Sabe que iré directo a sus brazos como le he ido cada noche al dormir. Si hubiera sabido que esa noche seria la ultima, por lo menos darle un beso de hasta pronto, no me extrañes, dentro de un tiempo nada podrá ya separarnos. Pero bueno, la vida te regala y te quita, siempre. Creo que me dolió mas ver a mis hijos llorando por el dolor de su partida que aceptar yo mismo que había partido. Se que tubo lo que desde un principio fue su sueño mas grande, una familia unida y feliz. De vez en cuando encuentro a alguno de mis hijos mirando fotos y lagrimeando, preguntándome si me acuerdo de cuando le sacaron esa foto. Sus manos acariciándolas, sus ojos con ternura y como pidiendo volver a tras. Cada tanto encuentro a mis nietos junto a sus padres hablándoles de lo que era ella, ya que ellos eran muy chicos, tanto que casi no se acuerdan de su hermoso rostro. Mi muñequita de porcelana. Nos conocimos en una feria del pueblo, ella caminando con sus padres y yo con mi hermano comprando lo que se necesitaba para la semana. La vi y traje mis ojos hasta muy cerca de ella, me miro se rió, y bajo la cabeza. Pasó a mi lado y se siguió riendo. Como olvidarme de ese momento. Pase toda la semana esperando llegar el domingo para volver aun sin nada que comprar. Pasaron como cuatro semanas antes de volver a verla, y junto con ese tiempo mil discursos frente al arroyo de cómo acercarme para pedirle a su padre, permiso para por la tarde invitarla a tomar un helado en la plaza del pueblo. Yo vivía con mi familia a unos kilómetros del pueblo, un viejo caballo tostado era mi cómplice. Ese fin de semana sabía que era el elegido, sábado de noche a la luz de la lámpara apronte mi bombacha nueva, mi camisa color celeste que mama me había cosido a mano y sin poder dormir durante la noche, a oscuras, mirando las estrellas por la ventana, repase por última vez lo que iba a decir. Llego la mañana, temprano a ordeñar con prisa para no perder tiempo, sepillar mi colorado, cortarle y trenzarle la cola, papa me presto su recado de lujo lleno de apliques en plata y oro y junto a ello me regalo un cuchillo con la chaira del tata!. Me dijo que estaba esperando un momento así para dármelos. Creo que mis ojos y mi cara dijeron todo cuando estire mis manos para recibirlo. Mama me miraba de la cocina mientas me saludaba con su mano, como queriendo entender que el nene había crecido. Arrancamos para el pueblo y no se si mi caballo estaba mas ansioso que yo, mi hermano de atrás miraba las patas del colorado tratando de alcanzarme. Unas cinco millas al galope y el color de las casas empezaron a aparecer. En medio del pueblo la plaza, toda una manzana en donde los vecinos cercanos del pueblo ofrecían sus cosechas. Trotando fuimos buscando a la que hace un mes había robado mis ojos, una vuelta, otra mas y mi hermano acompañándome a mi derecha.
Paramos en la esquina donde la vi esa vez y ahí espere su llegada. Todavía siento en mi cuerpo cuando la volví a ver, quede como congelado, cada vez se acercaban mas, ella me miro nuevamente y esta vez no bajo la mirada, se sonrío como señalándome a quien tenia que dirigirme. Arranque a caminar con mi caballo sujeto de las riendas, me saque el sombrero delante de ese hombre robusto y serio, me presente, le di mi mano fuerte para que entendiera que era con buenos modales que me dirigía a el, me incline a su esposa saludándola y dándole los buenos días y todo aquello que había recitado frente al reflejo del arroyo, se me borro por completo. Nervioso, temblando, pero con ganas de decir tanto, con ganas de pedir mucho. De repente la voz de ese hombre duro pregunto si era nieto de… y si. Una conversación surgió y el miedo se fue yendo.
Se acerco mi hermano, saludo y como codeándome, le dijo que yo quería pedirle algo.
Solo deje salir mis palabras desde el corazón y con miedo pedí permiso para por la tarde me diera permiso para invitar a su hija a volver a la plaza a tomar un helado.
No se si lo hizo de gusto, pero demoro unos minutos en contestar, mas que minutos un siglo. La miro, ella agacho la cabeza pero riéndose, me miro de nuevo, la miro a su madre, y mis huesos no paraban de temblar. Me llamo por “muchacho”, si ella quiere, y respetan lo que les voy a decir la dejo, a las cinco pasaras a buscarla y acompañada de su hermano, a las siete estarán en casa. Ni un minuto más. Me saque el sombrero nuevamente para darle las gracias, salude a su esposa, la salude a ella con una sonrisa en mi cara y amarrándome mi hermano del cuello salimos como corriendo.
Como olvidar ese día, todo ese día. Fue ese domingo, después otro, después otro mas y un almuerzo en su casa, y cada semana pasaba mas lenta, cada domingo se hacia esperar mas. Casi un año viéndonos los domingos y solo cuando llovía y el arroyo cortaba el paso, impedía que nos veamos. Papa me consiguió trabajo en donde el vendía la lana de la esquila, así como también llegaban las bolsas de granos, de los del pueblo. Un trabajo de ocho horas que se hacían largas cuando pensaba en que al salir, pasaría a verla a ella.
En la vereda de su casa, me esperaba para vernos antes de partir para mi casa, su madre de la ventana observándonos, impedía que la besara, pero solo con el regalo de su sonrisa me conformaba. Aveces pasaba por el viejo almasen a comprar unos caramelos por si el que hacia guardia era su hermanito, al que convencíamos que nos dejara solo a cambio de esos caramelos. Nos amarrábamos de las manos, y un beso era lo que nos llenaba por completo. Papa y mama siempre dijeron que el respeto aria que todo salga bien, y así fue. Dos años pasaron cuando un día el padre le pidió a ella que me hiciera pasar al comedor cuando yo llegara, que tenia que hablar conmigo. Entramos, les pidió a todos que nos dejaran solos. Me hizo sentar frente a el, me ofreció un mate que no rechace por respeto, me dijo que veía que lo que estaba pasando con su hija iba en serio y que respetaba eso. Que ya no iba a ver guardia, y que las visitas controladas se suspendían, que la familia entera estaba de a cuerdo con nuestra relación, y que esperaba el respeto que venia teniendo por mi lado hacia su familia. Papa me había dicho de invitarlos a un día a que fuera ella con su familia a nuestra casa, y así fue, aproveche para hacerle la invitación y gentil mente acepto. Pasaron como dos años mas después de ese día en el que volví a pedir para hablar con su padre, y esa vez el quiso que su madre lo acompañara. Me pare delante de ellos y le pedí su permiso para casarme con la flor de mi vida, el se paro, llamo a su hija que esperaba detrás de una puerta como escuchando lo que acontecía, ella entro, nos tomamos de la mano, el tomo de la mano a su esposa, nos miro, sonrió y con una sonrisa en la cara me pregunto si comprendía que para el, ella era solo una niña, pero que que entendía que nos amábamos y nos deseo tolo lo mejor para los dos. La madre lloraba mientras me abrazaba, ella también abrazada al padre. Y ahí arrancamos a construir nuestra casita, poco a poco, unos pesos ahorrados dieron para comprarnos un trozo de tierra.
Mi familia, su familia, se acercaban felices para ayudarnos. Los años pasaron y la llegada de nuestro primer hijo fue la alegría más grande para las dos familias. El nieto.
Algo nuevo para vivir para todos, desde nosotros hasta las mañas de los abuelos que pasaban en casa mientras yo trabajaba. Los tíos, ja como olvidarme de la cara de los tíos. Esos que se mostraban tan duros, tan no tengo miedo y cuando agarraban a esa cosita tan chiquitita, se derretían mas rápido de que una vela.
Como olvidar todo eso vivido, como poder tener miedo a partir si la vida me ha regalado mas de lo que he pedido y a su vez, como seguir viviendo donde no esta quien me dio lo que mas ha significado para mi.
Ha pasado todo otro día, la tarde me agarra en mi banco y agarrandome de mi bastón y con la otra mano sujetando la mano de uno de mis nietos, trata de ayudarme a parar, voy levantándome una vez más. Va llegando la noche y con ella la pregunta de si mañana será otro día más. La respuesta no me la doy porque en si? No busco tener esa respuesta. Solo me voy a nuestro cuarto, saco con terquedad la ropa que llevo puesta, me acuesto tapándome despacio, acomodo nuestras almohadas, sierro los ojos y… solo, entiendo que siempre, estando a su lado, he sido feliz.
FFMA