Hoy camine y camine sin rumbo alguno, me fui desde mi casa hasta una vieja estación del ferrocarril, donde un anciano me atendió y me regalo un boleto a algún lugar del mundo; me hablo y recordé muchas cosas que el tiempo me habían hecho olvidar. Luego me dio la mano y seguí caminando con la cabeza gacha, entre un cigarro y con mis ojos en el boleto, trómpese con un trozo de madera que tenía medio corazón tallado, quien sabe de quién. Tome ese trozo de madera y leyendo el boleto vi que decía asiento 42 del último vagón; pero como me explico el anciano, sin destino. Seguí caminando y llegue a una playa con mucha arena pero muy solitaria; era como que si esa arena se mojaba con las lagrimas del mar, me senté, tome el trozo de madera, lo puse en la arena y con mi mano complete la mitad de ese corazón. Quise creer que había quedado bien pero en la primera ola, se borro y solo quedo el trozo de madera. Lo dibuje una y otra vez hasta que entendí que por más que trate de aparentar estar completo, no es lo mismo sin el otro pedazo que una vez fue tallado. Quede pensando en porque ese viejo me regalo el boleto, y si fue por casualidad que trómpese con ese corazón.
Seguí caminando por la playa y llegue donde había muchas rocas, algunas con puntas y otras tan hermosas que parecían formar figuras; un viejo mirador de madera me hizo ver el horizonte más hermoso que haya visto; empecé a pensar en por qué un boleto sin destino, o tal vez, … el destino ya había sido marcado. Un cigarro mas y de nuevo seguir mi camino sin rumbo, como lo venía haciendo. Cuando venía de regreso cerca de la estación, escuche el fuerte silbido de una vieja locomotora que, al acercarme, despintada y como que ya fuera de servicio, desprendía sus últimos avisos. El anciano parado en la puerta del ultimo vagón, como esperándome, me pregunto si ya iba a usar mi boleto, pensé por un instante, le entregue el boleto, subí, busque el asiento 42, lo mire, saque el trozo de madera, lo deje en el asiento y me baje. Lo mire al anciano y entendió sin tener que decir nada; no puedo quedarme con un corazón que ya tiene dueño y que solo podrá ser feliz encontrándose a sí mismo. El anciano sonrió y subiéndose al vagón en marcha, solo dijo que ese tren llegaría dentro de un tiempo con las dos mitades y que siga caminando, que la vida es hermosa, y que todos tenemos corazones de madera que muchas beses se quiebran. La vieja máquina partió y yo también. Hay días que pienso en el tren, en el viejo, en el trozo de madera, en todo lo que pase esa tarde. Encontrara su mitad? O bien, seguirá dividido. Solo si regresa la vieja máquina lo sabré,, y el viejo, abra comprendido de porque no subí al tren? Hay dos mitades que tienen que unirse y sé que ese viaje no era el mío, sino el de ese viejo casi sin tiempo ya. Hay que saber cuándo subir, cuando viajar y cuando bajarse y creo que yo,… ya eso lo aprendí.